INTRODUCCIÓN
Los Crácidos constituyen una importante y primitiva familia de aves gregarias pertenecientes al orden Galliformes (o Craciformes, según Sibley G & Ahlquist, 1990:223). Conformada por unas 50 especies de pavas, pavones y chachalacas, se distribuyen desde el sur de Texas hasta el Delta del Río Paraná en Argentina y Uruguay (Winkler et al., 2020).
Considerados durante mucho tiempo como un grupo particularmente antiguo (Cracraft, 1981:706), los crácidos pertenecen a la avifauna más temprana del hemisferio.
Existen evidencias que datan del Eoceno en Norteamérica (hace 50 millones de años) y del Pleistoceno en Brasil (Sick, 1997:270).
Estudios recientes sugieren que Cracidae es hermana de un clado que incluye a Numididae, Odontophoridae y Phasianidae (Dimcheff et al., 2002:203; Dyke et al., 2003:227; Hackett et al., 2008:1763; Kimball & Braun, 2008:439; Kimball et al., 2011:8-9; Wang et al., 2013:e64312).
Dentro de la familia, Penelopinae parece ser hermana de las tres restantes, mientras que la posición de Oreophasinae podría ser hermana del clado Cracinae + Ortalisinae (Pereira & Baker, 2004; Kimball et al., 2011:9).
A pesar de la falta de información sobre la biología de muchas especies, se les reconoce como especies clave para la salud de los ecosistemas neotropicales (Sick, 1997:270):
- Mantenimiento del bosque: Actúan como primordiales dispersores de semillas de las plantas que consumen, muchas de las cuales son aprovechadas por el hombre.
- Bioindicadores: Son indicadores biológicos del estado de conservación de sus hábitats.
- Presión antrópica: Debido a que son muy apreciados como aves de caza, suelen ser los primeros en desaparecer ante el avance de la civilización, lo que los ha vuelto aves extremadamente tímidas.
MORFOLOGÍA, ADAPTACIONES ESPECIALES E IDENTIFICACIÓN
Los representantes de este grupo constituyen los únicos galliformes con hábitos predominantemente arborícolas; su tamaño corporal varía desde el de un ani de pico negro hasta el de un pavo.
Aunque las especies brasileñas pueden agruparse en cuatro biotipos claramente diferenciados, su apariencia general es relativamente homogénea. En términos generales, presentan una cresta o mechón cefálico (más desarrollado en pavas comunes), así como la región gular desnuda. En estos últimos grupos destaca además la presencia de una barba de coloración intensa, que resalta notablemente en la penumbra del bosque. Las pavas comunes exhiben la base del pico y la cera en tonalidades rojas o amarillas (ocasionalmente azules o verdes), con una base frecuentemente ensanchada que incrementa la visibilidad de dichas áreas cromáticas. En el género “Crax”, las protuberancias del pico son carnosas y se distienden durante el periodo reproductivo, a diferencia del “Mitu mitu” (Paují de Alagoas), en el cual la tumefacción del pico es de naturaleza sólida.
La literatura especializada presenta numerosas inconsistencias en la descripción de la coloración de la cera y de los apéndices cefálicos, debido a que muchos autores trabajaron con ejemplares inmaduros o con pieles de museo, en las cuales dichas estructuras (carúncula y barbillas) aparecen deformadas y decoloradas. Asimismo, no se consideró adecuadamente la variación ontogenética y estacional. A ello se suma que algunos investigadores europeos, dependientes de lotes de aves vivas importadas, podían recibir individuos de procedencias diversas sin conocimiento preciso de su origen, lo que conducía a la formación de parejas interespecíficas y, en consecuencia, a errores de identificación.
El plumaje también plantea dificultades taxonómicas, particularmente en los géneros “Penelope” y “Ortalis”. En el género “Crax” se han descrito diversas fases en las hembras, como ocurre en el “Crax rubra” (Pavón Grande: Especie muy grande de bosques tropicales, extirpada de grandes zonas por la cacería. Es rara de encontrar, excepto en áreas protegidas o muy remotas). Existe, además, una tendencia a una mayor variabilidad en las hembras respecto a los machos, como se evidencia en las razas geográficas de Muitú (“Crax fasciolata”). Según el autor, en adultos de “Crax” se observan variaciones tales como: (1) abdomen amarillento en lugar de blanco; (2) presencia o ausencia de la punta blanca de la cola (no atribuible al desgaste), como en “Crax fasciolata” (Muitú) y “Crax blumenbachii” (Pavón piquirrojo), respectivamente; y (3) tonalidades pardas en las alas de la hembra de “Crax globulosa” (Pavón carunculado).
Desde el punto de vista morfo-funcional, presentan cuello y cola alargados, así como alas relativamente grandes. Ante una perturbación, emprenden el vuelo de manera inmediata; aunque su musculatura pectoral está bien desarrollada, su capacidad de vuelo suele ser limitada. No obstante, esta resulta suficiente para desplazarse entre las ramas y alcanzar el dosel arbóreo; en particular, las Yacutingas (“Pipile jacutinga”) exhiben una habilidad de vuelo comparativamente superior.
Las extremidades posteriores son largas y robustas, especialmente en los muitúes (“Crax fasciolata”), que poseen además una pelvis más alargada y estrecha, lo que se asocia con hábitos más terrestres. Estos individuos se desplazan con zancadas amplias en bosques abiertos, adoptando una postura característica. Por ejemplo, la Pava de monte común/ribereña (“Penelope obscura”), al dirigirse hacia un matorral distante en condiciones naturales, prefiere desplazarse caminando, lo que reduce su detectabilidad frente a posibles depredadores, pese a su aparente torpeza. En contraste, las Yacutingas presentan patas más cortas, coherentes con su mayor grado de vida arborícola.
Durante el desplazamiento entre las ramas, pueden asemejarse a primates, aunque no emiten sonidos. Sus dedos son alargados, con un hallux bien desarrollado y situado en el mismo plano que los dedos anteriores, lo que les permite sujetarse con notable destreza incluso a ramas delgadas; frecuentemente abarcan varias ramas o lianas simultáneamente. Una vez en el dosel, permanecen ocultos entre el follaje o se deslizan en vuelo silencioso, dificultando su detección incluso por observadores experimentados.
En términos de dimorfismo sexual, los sexos son generalmente similares, con excepción de los paujíes del género “Crax” (salvo el Paujil culiblanco o Pavón guayanés “Crax alector”). Se observa dimorfismo en la coloración del iris: en la “Penelope obscura” (Pava de monte ribereña), el macho presenta iris rojo y la hembra marrón, diferencia particularmente evidente durante el primer año de vida; patrones similares se registran en la Yacutinga (“Pipile jacutinga”) y en la Pava crestiblanca (“Penelope pileata”), aunque no en en el Yacupoi (“Penelope superciliaris”). En el Pavón piquirrojo (“Crax blumenbachii”), el iris del macho es marrón, mientras que en la hembra adulta es rojo y en la joven marrón amarillento. También se ha documentado dimorfismo en la coloración del tarso en “Crax”, y la coloración de las patas puede constituir un carácter diagnóstico entre “Penelope” y “Crax”. Finalmente, la carúncula en “Penelope” y “Pipile” es de mayor tamaño y presenta colores más intensos en los machos adultos, especialmente durante la época reproductiva, tras la cual su prominencia disminuye.
Las descripciones morfológicas específicas permiten diferenciar las especies. Por ejemplo, en «Crax fasciolata« (Muitú), el macho presenta plumaje negro con abdomen blanco y base del pico amarilla, mientras que la hembra exhibe un patrón dorsal negro barrado de blanco y abdomen canela. En el «Ortalis canicollis», el plumaje es críptico y adaptado a ambientes chaqueños. La «Penelope obscura« presenta tonalidades pardas oscuras con bordes blanquecinos en las plumas, piel facial desnuda negra y patas grises, mientras que la «Penelope bridgesi« se distingue por un patrón más marcado de manchas blancas en dorso y alas. La «Penelope dabbenei« exhibe piel facial roja y tonos oliváceos, en tanto que la «Penelope superciliaris« presenta dorso pardo verdoso, pecho escamado de blanco y tonos castaños ventrales. La «Penelope montagnii« se reconoce por su coloración parda con matices rojizos y un pequeño pliegue gular anaranjado. Finalmente, la «Pipile jacutinga« se caracteriza por su plumaje negro con áreas blancas en alas y corona, piel gular roja y región ocular azulada (Sick, 1997:270).
COMPORTAMIENTO
Un indicador conductual de excitación, particularmente evidente en pavas y pavas comunes, es la apertura y cierre vigorosos de la cola, comportamiento que adquiere mayor notoriedad cuando las REMERAS presentan ápices blancos. Asimismo, todos los Cracidae manifiestan un movimiento estereotipado consistente en sacudidas de la cabeza, observable incluso en los polluelos y que se intensifica en situaciones de excitación. En un inicio, se consideró que este comportamiento podría estar asociado a la presencia de nematodos en los párpados; sin embargo, también se ha constatado un incremento del mismo ante la proximidad humana. Este movimiento cefálico se presenta en dos modalidades: en el género “Crax” ocurre lateralmente, mientras que en el género “Mitu” se realiza en sentido anteroposterior.
La excitación se refleja igualmente en la movilidad de las plumas de la coronilla, fenómeno particularmente conspicuo en los géneros provistos de cresta (por ejemplo, pavas), y que se ve acentuado por patrones cromáticos, como las bandas transversales blancas presentes en las hembras de ciertas especies. Por otra parte, las chachalacas, pavas y pavas comunes practican baños de polvo y muestran una clara preferencia por la exposición al sol. A diferencia de otras aves galliformes, los Cracidae no escarban el suelo en busca de alimento. En este contexto, se ha documentado que la Yacutinga (“Pipile jacutinga”), al ser sorprendida alimentándose en el suelo, adopta una conducta de inmovilidad, agazapándose sobre la arena de la caatinga con el fin de pasar desapercibida.
Al final de la tarde, previo al reposo nocturno, estos individuos manifiestan un notable grado de inquietud, comparable al observado en los zorzales. Este comportamiento, interpretado como una búsqueda activa de sitios adecuados para perchar, ha sido registrado en Yacús y Yacutingas. Cabe destacar que los individuos tienden a utilizar de manera reiterada los mismos lugares de descanso, los cuales pueden identificarse por la acumulación de excrementos durante largos periodos, especialmente cuando existe una rama subyacente (por ejemplo, en la “Crax fasciolata” Muitú).
Durante las noches de luna llena, los muitúes (“Crax fasciolata”) presentan un incremento de la actividad en la percha, evidenciando una marcada inquietud que los lleva, en ocasiones, a abandonar el sitio inicial para posarse posteriormente en otro cercano.
VOCALIZACIONES
Las vocalizaciones de los Cracidae presentan similitudes entre especies cercanas, pero difieren notablemente entre Chachalacas (Ortalis canicollis), Yacús -Yacupoi- (Penelope superciliaris), Yacutingas (Pipile jacutinga) y Muitúes (Crax fasciolata) (Sick, 1997:270).
En los Chachalacas (“Ortalis”), el canto es un cacareo rítmico y ventrílocuo, generalmente emitido en dueto por parejas, lo que dificulta su identificación, especialmente en grupos. El “Ortalis canicollis», puede oírse a más de dos kilómetros. Los machos poseen una tráquea alargada que reduce el tono, produciendo sonidos más graves que las hembras. Desde el siglo XIX se sabe que las parejas alternan sus vocalizaciones y que estas pueden ser inducidas por estímulos sonoros.
Los Yacús («Penelope superciliaris») destacan por vocalizaciones ásperas, sobre todo en alarma. Presentan una tráquea plegada cuya función no es del todo clara, aunque resulta útil en la clasificación. Sus sonidos varían desde bramidos graves hasta trinos agudos en especies como la Pava cuyubí («Pipile cujubi») y la Yacutinga («Pipile jacutinga»). En los “Pipile”, la tráquea es simple y sin pliegues.
Los Muitúes (“Crax”, “Mitu” y “Nothocrax”) emiten vocalizaciones profundas y ventrílocuas, descritas como “gemidos”, organizadas en patrones rítmicos. En el Pavón piquirrojo (“Crax blumenbachii”), la emisión implica una secuencia corporal específica y el uso de la tráquea como cámara de resonancia. Estas vocalizaciones suelen producirse al amanecer o anochecer, son difíciles de localizar en el bosque y cumplen funciones de comunicación reproductiva. Algunas especies carecen de este tipo de sonido y presentan señales de alarma débiles.
En cuanto a los sonidos mecánicos, Yacutingas y Yacús producen ruidos intensos con el batido de alas durante vuelos cortos, especialmente en época reproductiva. Estos sonidos, descritos como de “desgarro” o “tamborileo”, se originan en las remeras primarias modificadas. En especies como “Pipile”, pueden oírse a más de un kilómetro. Aunque las hembras presentan estructuras similares, no se ha comprobado que emitan estos sonidos. La dificultad de observación ha generado interpretaciones erróneas, pero se ha confirmado que estos ruidos se producen durante el vuelo y no por fricción en reposo.
ALIMENTACIÓN
Los Cracidae presentan una dieta predominantemente herbívora, basada en una amplia variedad de frutos, semillas, hojas y flores, complementada con una proporción reducida de invertebrados. En particular, se ha documentado el consumo de frutos, hojas y brotes en especies como el Yacú, incluyendo recursos provenientes de plantas como el Murisí (Byrsonima crassifolia) y el Canelo (Cinnamomum zeylanicum o Cinnamomum verum). Por su parte, la Charata (“Ortalis canicollis”) muestra preferencia por especies como el Ambay-guazú (Schefflera morototoni), mientras que se ha observado al Yacú alimentándose de frutos de Pino de Cerro (Podocarpus parlatorei) en regiones del noroeste argentino.
Estas aves suelen sincronizar sus desplazamientos con los periodos de fructificación de diversas especies vegetales, en especial de palmeras como el Palmito (Euterpe edulis) y el Pindó (Syagrus romanzoffiana). En este contexto, la Yacutinga, aferrada a los racimos de palmito, ingiere grandes cantidades de frutos, de los cuales extrae la pulpa en el buche y posteriormente regurgita las semillas duras. Estas quedan dispersas en el sotobosque, lo que no solo facilita su detección por parte de cazadores, sino que también sugiere un papel ecológico relevante en la dispersión de semillas. En concordancia, en regiones del sur se sostiene que el Yacú contribuye a la propagación de la yerba mate. De manera ocasional, estas aves descienden al suelo para consumir frutos caídos, y muestran además una marcada preferencia por las flores de ciertos árboles. Cabe señalar que el término del pueblo “Tupí”: “Yacú” hace referencia a “el que come granos”.
Aunque su dieta es mayoritariamente vegetal, los crácidos también consumen presas animales, incluyendo moluscos, saltamontes, ranas arborícolas y otros pequeños vertebrados e invertebrados. Se ha registrado que «Crax blumenbachii» puede ingerir incluso ciempiés de gran tamaño y arañas potencialmente peligrosas, como las del género «Lycosa». Asimismo, se ha señalado que «Ortalis canicollis» puede alimentarse de manera intensiva de orugas en determinados periodos.
Adicionalmente, estas aves visitan depósitos naturales de arcilla para ingerir tierra con contenido salino, comportamiento registrado, por ejemplo, en Mato Grosso. Como en otras aves granívoras, sus estómagos contienen habitualmente pequeñas piedras (gastrolitos), que facilitan la trituración mecánica del alimento.
En cuanto a la ingesta de agua, los crácidos beben en las riberas de ríos y otros cuerpos de agua. El mecanismo de bebida es similar al observado en las palomas, caracterizado por un proceso de succión con el pico sumergido, en el que la ingestión del líquido se evidencia mediante movimientos rítmicos de la garganta.
REPRODUCCIÓN
La biología reproductiva de los Cracidae se encuentra aún insuficientemente documentada. Tradicionalmente se ha considerado que estas aves presentan un sistema predominantemente monógamo (Sick, 1997:270); no obstante, evidencias recientes sugieren la posible existencia de comportamientos poligínicos en ciertas especies. Los nidos suelen consistir en plataformas elaboradas con ramas, hojas, lianas y otros materiales vegetales, generalmente ubicadas en la vegetación y solo de manera excepcional en el suelo. Estas estructuras presentan un aspecto frágil y dimensiones reducidas en relación con el tamaño corporal de las aves. Ambos miembros de la pareja participan en su construcción, aunque el macho asume un papel predominante.
La puesta habitual oscila entre uno y cuatro huevos, cuya incubación es realizada exclusivamente por la hembra. La participación del macho en el cuidado parental es variable, pudiendo ser limitada o significativa según la especie. La eclosión ocurre de forma sincrónica tras un periodo de incubación de entre 24 y 34 días. Los polluelos son precociales, abandonan el nido pocos días después de nacer y se desplazan por las ramas. Inicialmente dependen de los progenitores para la alimentación, pero adquieren progresivamente autonomía, alcanzando la independencia completa tras varios meses.
Durante el periodo reproductivo, los machos pueden alimentar a las hembras mediante movimientos ritualizados de la cabeza y se ha registrado acicalamiento mutuo entre los miembros de la pareja. En algunas especies, el cortejo incluye conductas complejas como persecuciones, exhibiciones del crissum y movimientos de cola. Sin embargo, estas ceremonias siguen siendo poco conocidas en varias especies.
Las parejas mantienen territorios extensos, de hasta dos o tres kilómetros de diámetro en algunas especies, los cuales defienden activamente. Dentro de estos espacios, las aves alternan su actividad entre el suelo y la vegetación arbórea, pudiendo solaparse territorios de especies distintas.
Los nidos pueden situarse en diversos sustratos, incluyendo lianas, ramas altas, troncos caídos o estructuras reutilizadas de otras especies. Algunas especies utilizan soportes con escaso material, como bifurcaciones o rocas. Asimismo, se han documentado casos de nidificación en bromelias y de nidificación agregada en especies sociales.
Los huevos son grandes, de color blanco uniforme, aunque frecuentemente presentan manchas de tierra. Su forma y tamaño pueden variar incluso dentro de una misma puesta. El periodo de incubación varía entre especies, con registros que oscilan aproximadamente entre 21 y 32 días. En algunos casos, se ha documentado la existencia de dos nidadas anuales.
Las nidadas suelen constar de dos o tres polluelos, los cuales nacen con los ojos abiertos y presentan movilidad temprana. Durante los primeros días permanecen protegidos por la madre y se alimentan inicialmente de reservas internas, pasando luego a consumir activamente alimento proporcionado o señalado por los progenitores. En ciertos casos, el alimento es regurgitado. La dependencia materna puede prolongarse durante varios meses.
En etapas tempranas, los polluelos presentan un desarrollo locomotor notable que les permite desplazarse eficazmente por el entorno arbóreo. Durante el descanso, permanecen bajo las alas de uno o ambos progenitores y mantienen la asociación familiar durante varios meses. Posteriormente, los individuos jóvenes tienden a agruparse separadamente de los adultos.
En términos generales, estas aves anidan en árboles y depositan entre dos y cuatro huevos blancos (Azara, 1805:69; Narosky e Yzurieta, 2010:36). Su carácter arborícola coincide con observaciones tempranas que las vinculan principalmente a ambientes forestales y a una escasa presencia en regiones abiertas.
DISTRIBUCIÓN Y DIVERSIDAD EN ARGENTINA
En Argentina, su distribución se concentra principalmente en las selvas y bosques del norte del país, alcanzando aproximadamente los 32° de latitud sur como límite meridional de su rango natural.
Desde una perspectiva histórica y taxonómica, los géneros presentes en Argentina incluyen «Ortalis», «Penelope», «Pipile» (sinónimo de «Aburria» en algunas clasificaciones) y «Crax» (Olrog, 1979:76). Registros detallados de distribución provincial (de la Peña, 1999:49) confirman la presencia de estas especies en diversas regiones del norte y centro del país, abarcando provincias como Salta, Jujuy, Tucumán, Formosa, Chaco, Misiones, Corrientes y sectores del litoral.
De acuerdo con diversas fuentes (Olrog, 1959:96; 1979:76; Narosky e Yzurieta, 2010:36; SIB 2026) éstas se distribuyen principalmente en dos grandes regiones biogeográficas: el Noroeste (Yungas) y el Noreste (Selva Paranaense y región chaqueña). Entre las especies más representativas se encuentran: “Penelope dabbenei” (Pava de monte alisera), propia de las Yungas; “Penelope obscura” (Pava de monte común o ribereña), ampliamente distribuida en selvas en galería, alcanzando incluso el Delta del Paraná; “Penelope superciliaris” (Yacupoí), característica de la selva misionera; «Ortalis canicollis» (Charata), frecuente en ambientes chaqueños y considerada una de las especies más comunes y vocales; “Crax fasciolata” (Muitú), propia de bosques del noreste y actualmente amenazada en el país; y “Pipile jacutinga” (Yacutinga), restringida a selvas asociadas a cursos de agua en Misiones y catalogada como especie en peligro. Asimismo, se incluyen especies con registros más acotados, como “Penelope bridgesi” (Pava de monte yungueña), “Penelope montagnii” (Pava de monte andina) y, en algunas clasificaciones regionales, “Pipile cumanensis” para el extremo norte.
En la provincia de Misiones, la familia Cracidae reviste una importancia ecológica fundamental para el mantenimiento de la dinámica y la integridad funcional de la Selva Paranaense. En este territorio se registran principalmente cuatro especies, entre las cuales destaca la Yacutinga, declarada Monumento Natural Provincial.
De acuerdo con Juan Carlos Chébez (1996:125), en Misiones se encuentran las siguientes especies: «Penelope superciliaris major» (Yacupoí), «Penelope obscura» (Yacú), «Pipile jacutinga» (Yacutinga) y «Crax fasciolata fasciolata» (Muitú). Por su parte, Saibene et al. (1996:29) registran para el Parque Nacional Iguazú la presencia de dos especies: «Penelope superciliaris» (Yacupoí) y «Pipile jacutinga» (Yacutinga).
Entre las especies presentes en la provincia, la Yacutinga («Pipile jacutinga») constituye el crácido más representativo y, a la vez, uno de los más amenazados. Se encuentra categorizada como En Peligro de Extinción, con poblaciones que presentan sus principales núcleos de conservación en el Parque Nacional Iguazú y el Parque Provincial Urugua-í. Desde el punto de vista ecológico, desempeña un rol clave en la dispersión de semillas, particularmente de especies como el palmito.
El Yacupoí («Penelope superciliaris») está considerado como una especie amenazada a nivel nacional, aunque mantiene poblaciones relativamente estables en áreas protegidas de Misiones. Su hábitat comprende selvas de tierras bajas y bosques en galería, siendo frecuente su observación en sectores como el Sendero Macuco dentro del Parque Nacional Iguazú.
Por su parte, la Pava de Monte Común o Ribereña («Penelope obscura») presenta una distribución más amplia, ocupando selvas mixtas y valles asociados a cursos de agua a lo largo de la provincia.
En contraste, el Muitú («Crax fasciolata») se encuentra en una situación crítica a nivel provincial, con registros actuales extremadamente escasos en Misiones. Las poblaciones silvestres remanentes se concentran principalmente en el este de la provincia de Formosa.
Las principales áreas de observación y conservación de estas especies en Misiones incluyen el Parque Nacional Iguazú, el Parque Provincial Urugua-í y el Parque Provincial Teyú Cuaré, donde se registran distintas combinaciones de las especies mencionadas, con especial relevancia del Parque Provincial Urugua-í como núcleo de una de las poblaciones más estables de Yacutinga.
Finalmente, la persistencia de estas aves en la provincia se encuentra estrechamente vinculada a la conservación del Bosque Atlántico. Entre las amenazas más significativas se destacan la caza furtiva, motivada principalmente por el consumo de su carne, y la pérdida de hábitat asociada a procesos de deforestación.
Hábitat: Los Cracidae ocupan una amplia variedad de ambientes, incluyendo selvas tropicales de tierras bajas, matorrales áridos y bosques montanos. Aunque pasan parte del tiempo en el suelo, la mayoría de las especies presenta hábitos predominantemente arborícolas, desplazándose y desarrollando gran parte de sus actividades en el dosel forestal.
CONSERVACIÓN
La destrucción del hábitat en América Central y del Sur constituye una amenaza significativa para los Cracidae; sin embargo, la caza ha sido señalada como el principal factor responsable del declive de numerosas especies. Se estima que cerca del 50% de los taxones (28 especies) se encuentran bajo algún grado de amenaza, incluyendo categorías que van desde Casi Amenazadas hasta En Peligro Crítico, además de una especie extinta en estado silvestre. En este contexto, se plantea la posible reintroducción de «Mitu mitu» a partir de poblaciones en cautiverio. Entre las especies más comprometidas destacan EL Paujil piquiazul («Crax alberti»), restringida a áreas aisladas de Colombia; Pavón Trinidad («Pipile pipile»), endémica de Trinidad; y la Pava aliblanca («Penelope albipennis»), confinada a bosques secos del Perú.
Evaluaciones globales recientes confirman esta tendencia, indicando que aproximadamente el 15,8% de las especies son Vulnerables, el 10,5% En Peligro y el 7% En Peligro Crítico, lo que evidencia la alta vulnerabilidad del grupo. En consecuencia, se considera prioritaria la implementación de estudios de campo y estrategias de manejo, tal como fue establecido por el Grupo de Especialistas en Crácidos en el «Plan de Conservación y Análisis del Estado de los Crácidos» (Brooks y Strahl, 2000).
En términos generales, los Cracidae constituyen uno de los grupos de aves más amenazados de América Latina, con más de un tercio de sus especies en riesgo de extinción debido principalmente a la deforestación y la caza furtiva. Estas presiones podrían intensificarse en ausencia de medidas de conservación efectivas.
Asimismo, los crácidos poseen una elevada importancia socioeconómica como recurso cinegético, lo que incrementa la presión sobre sus poblaciones naturales.
En Argentina, enfrentan amenazas similares, principalmente la pérdida de hábitat y la caza furtiva, agravadas por su baja tasa reproductiva y su dependencia de ambientes forestales. Esto ha provocado la disminución de diversas poblaciones y la inclusión de especies como «Crax fasciolata» y «Pipile jacutinga» en categorías de amenaza a nivel nacional. Desde una perspectiva ecológica, estas aves ocupan una amplia variedad de hábitats —incluyendo selvas tropicales, bosques montanos, sabanas arboladas y matorrales—, aunque mantienen una fuerte dependencia de la estructura forestal, lo que refuerza la necesidad de su conservación tanto por su valor funcional en los ecosistemas como por su relevancia cultural.
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