La especie presenta hábitos predominantemente terrestres y, según Carroll y Kirwan (2020), es presumiblemente sedentaria. Se encuentra asociada a ambientes boscosos y suele desplazarse en parejas o grupos, generalmente de seis a ocho individuos (Belton, 1984:482; de la Peña, 2015:193; de la Peña, 2025:292). Narosky y Yzurieta (2010:126) destacan su comportamiento terrícola y señalan que prefiere correr antes que volar, por lo que suele ser más fácil detectarla mediante sus vocalizaciones que por observación directa.
Durante el día, los individuos desarrollan principalmente su actividad en el suelo del bosque, donde se desplazan y buscan alimento entre la hojarasca. En este contexto, Chébez (1991:9) registró grupos conformados por adultos y pichones que removían las hojas y picoteaban el material que quedaba al descubierto. La especie también puede desplazarse por áreas de vegetación secundaria sombreada y, a lo largo de todo el año, suele formar bandadas de entre 6 y 8 individuos, aunque ocasionalmente estas pueden alcanzar entre 10 y 15 ejemplares. Dichas agrupaciones pueden estar constituidas por unas pocas parejas o por grupos familiares integrados por los progenitores y las crías ya desarrolladas de la última nidada (Sick, 1997:284).
Las bandadas mantienen una estructura cohesionada y defienden activamente sus territorios frente a grupos vecinos, permaneciendo unidas incluso durante el período en que una de las hembras se encuentra incubando (Sick, 1997:284). Ante una perturbación o situación de amenaza, los individuos tienden a evitar el vuelo y optan por desplazarse corriendo; cuando las circunstancias lo requieren, pueden permanecer inmóviles y agazapados contra el suelo, comportamiento que contribuye a pasar inadvertidos. Si el vuelo resulta necesario, se dirigen hacia ramas cercanas, generalmente bajas, donde permanecen ocultos e inmóviles, favoreciendo así su camuflaje y dificultando su detección (Chébez, 1991:9).
Al finalizar la jornada, los individuos se reúnen para descansar en ramas horizontales y delgadas, habitualmente a poca altura del suelo (Belton, 1984:482; Chébez, 1991:9). En estas circunstancias, pueden permanecer varios ejemplares juntos, manteniéndose próximos y quietos durante el período nocturno (los individuos se agrupan estrechamente para conservar el calor y realizan conductas de acicalamiento mutuo) (Sick, 1997:284). Chébez (1991:9) observó, por ejemplo, grupos de tres individuos ya acomodados sobre una planta de tacuapí para pasar la noche.
VOCALIZACIONES
La especie presenta un repertorio vocal diverso, cuya expresión varía en función del entorno, la época del año y el momento del día.
La vocalización más característica consiste en un canto fuerte, gutural, aflautado y repetitivo, transcripto de diversas formas como «uru…uru…uru…», «oorOO oorOO oorOO…», «urú-urú-urú» o «.Kurúhurúhurúhurú» (Carroll & Kirwan, 2020; Belton, 1984:482; Sick, 1997:284; de la Peña, 2015:193; de la Peña, 2025:292). Narosky y Yzurieta (2010:126) lo caracterizan como un sonido intenso y reiterado, particularmente distintivo durante el crepúsculo.
El canto principal se encuentra estrechamente asociado con la reproducción y presenta su mayor actividad durante el atardecer, aunque también puede escucharse al amanecer y, ocasionalmente, durante noches de luna (Carroll & Kirwan, 2020; Sick, 1997:284; Chébez, 1991:9). La secuencia puede prolongarse durante varios minutos y presenta una cadencia ligeramente ondulante que, en ocasiones, disminuye progresivamente hasta casi detenerse (Sick, 1997:284). Con frecuencia, la vocalización se desarrolla en dúo: el macho inicia la emisión mediante una sucesión de notas monosilábicas, «kló-kló-kló», a la que posteriormente se incorpora la hembra mediante un contrapunto semejante (Carroll & Kirwan, 2020; Sick, 1997:284).
La comunicación vocal también desempeña un papel relevante en las interacciones entre diferentes grupos. De la Peña (2015:193) describe el canto como una serie gutural, «Kurúhurúhurúhurú…», mientras que de la Peña (2025:292), citando a Straneck en de la Peña (2016a), señala que los individuos suelen vocalizar en grupos durante el atardecer y que sus emisiones son respondidas por otras agrupaciones situadas a distancia. Sick (1997:284) describe, asimismo, una alternancia entre parejas, en la que un grupo inicia su vocalización una vez que otro ha finalizado, sin interferencia entre ambas exhibiciones. Este patrón genera una secuencia de respuestas entre agrupaciones y constituye un componente destacado de la organización social de la especie (de la Peña, 2015:193; Chébez, 1991:9).
Además del canto reproductivo, el repertorio comprende vocalizaciones relacionadas con el mantenimiento del contacto, la alerta y la comunicación entre adultos y juveniles. Sick (1997:284) registra una llamada débil y trémula, «bü, bü, bü…», utilizada para mantener la cohesión entre individuos mientras se alimentan en el suelo y antes de dirigirse a los sitios de descanso. Carroll y Kirwan (2020) describen una vocalización semejante, «bew, bew, bew», emitida al posarse en los árboles. En situaciones de alarma, Sick (1997:284) y Carroll y Kirwan (2020) registran la secuencia silbada e intensa «uit, uit, uit…». Los polluelos, por su parte, emiten sonidos rápidos descritos como «pie…», particularmente cuando permanecen próximos a sus progenitores (Sick, 1997:284).
La actividad vocal presenta, además, una marcada periodicidad diaria y estacional. Los individuos suelen vocalizar durante el atardecer y, en menor medida, al amanecer (de la Peña, 2015:193; Chébez, 1991:9). Chébez (1991:9) observó que esta actividad crepuscular mantiene una regularidad horaria durante períodos sucesivos, aunque el momento de emisión se modifica gradualmente conforme varía la duración del día. En Misiones, el mismo autor registró ausencia de cantos durante julio y las primeras semanas de agosto, con una reanudación de la actividad hacia mediados de agosto. Este patrón coincide con la concentración de la actividad reproductiva entre agosto y noviembre, período durante el cual también se observaron numerosos grupos acompañados por pichones, en concordancia con los registros de Sick para Brasil (Chébez, 1991:9).
La actividad vocal constituye asimismo una herramienta de detección particularmente eficaz, incluso en ambientes sometidos a cierto grado de intervención humana. Chébez (1991:9) señala que las vocalizaciones permiten localizar individuos en sectores intervenidos y documenta emisiones al amanecer tanto en ejemplares silvestres como en individuos cautivos. La intensidad, repetición y alcance del canto, sumados a su concentración durante las horas crepusculares, lo convierten en uno de los principales rasgos diagnósticos para la detección de la especie en el campo (Narosky & Yzurieta, 2010:126; Sick, 1997:284).
En conjunto, el repertorio vocal comprende un canto reproductivo de estructura compleja, vocalizaciones de contacto, llamadas de alarma y emisiones propias de los juveniles. Su organización temporal y espacial evidencia una función que trasciende la reproducción e interviene en la cohesión social, la comunicación entre grupos y la respuesta frente a situaciones de riesgo. Estos patrones se integran con otros rasgos de su comportamiento cotidiano: se trata de una especie de hábitos principalmente terrestres y socialmente gregarios, que utiliza el vuelo de manera limitada, principalmente como respuesta ante perturbaciones, y que desarrolla buena parte de sus actividades de desplazamiento, alimentación y descanso en el suelo y en ramas bajas (Narosky & Yzurieta, 2010:126; de la Peña, 2015:193; Chébez, 1991:9).
ALIMENTACIÓN
La dieta de la especie está constituida principalmente por frutos, entre los que destacan las bayas carnosas de Hierba carmín/Fitolaca Phytolacca decandra o americana (Phytolaccaceae), así como los piñones de Pino Paraná -Araucaria angustifolia- (Araucariaceae) que encuentra caídos en el suelo del bosque; asimismo, se presume que puede consumir algunos insectos (Madge et al., 2002).
En relación con su comportamiento alimentario, en Itatiaia se ha observado que los individuos regresan sistemáticamente a los mismos lugares para alimentarse de los piñones caídos, incluso después de haber sido espantados en repetidas ocasiones (L. P. Gonzaga; Sick, 1997:284). Durante todo el año, la especie forma bandadas de entre 6 y 8 individuos, aunque ocasionalmente pueden alcanzar los 10-15 ejemplares; Se desplazan principalmente por el suelo del bosque y a través de áreas de vegetación secundaria sombreada, y pueden estar constituidas por unas pocas parejas o por grupos familiares integrados por los progenitores y las crías ya desarrolladas de la última nidada (Sick, 1997:284).
REPRODUCCIÓN
La biología reproductiva de la mayoría de las especies neotropicales de codornices del Nuevo Mundo permanece insuficientemente estudiada y, en numerosos casos, la información disponible es limitada y de carácter anecdótico. En consecuencia, resulta necesario ampliar la investigación sobre la diversidad de los patrones reproductivos de este grupo. El conocimiento acumulado se concentra principalmente en las especies presentes en los Estados Unidos, por lo que la información relativa a las especies sudamericanas continúa siendo comparativamente escasa (del Hoyo et al., 1994:118; Carroll & Kirwan, 2020).
En el caso del Odontophorus capueira, las evidencias disponibles indican que se trata de una especie generalmente monógama, cuya temporada reproductiva en el sudeste de Brasil se extiende, al menos, entre agosto y noviembre, aunque también se ha registrado actividad reproductiva en febrero en el estado de São Paulo (Madge et al., 2002; Sick, 1997:284). Los registros obtenidos en Misiones concuerdan con este patrón, ya que se localizaron nidos y pichones durante septiembre y octubre (de la Peña, 2025:293). Asimismo, Partridge registró evidencias reproductivas en Misiones, lo que permite establecer que la época de cría local coincide con el período señalado por Sick para el sudeste de Brasil, entre agosto y noviembre (Chébez, 1991:9; Partridge en Chébez, 1991).
La especie nidifica principalmente en el suelo. El nido suele ubicarse en una depresión poco profunda y puede encontrarse ocasionalmente dentro de cavidades o madrigueras, incluidas las excavadas por armadillos. La estructura está constituida fundamentalmente por hojas secas, pecíolos y pequeños palitos, materiales que pueden formar una cubierta o techo sobre el nido, dejando una entrada lateral. En cautiverio se ha descrito un nido abovedado de aproximadamente 40 × 50 cm, con entrada lateral (Madge et al., 2002). Este tipo de construcción también ha sido documentado en condiciones naturales. En el Parque Provincial Cruce Caballero, Misiones, se registró el 10 de noviembre de 2012 un nido construido en el suelo, dentro de una oquedad situada en una pendiente pronunciada hacia un arroyo. El nido estaba compuesto principalmente por hojas, pecíolos y palitos y se encontraba cubierto con los mismos materiales. Al ser espantado, el adulto que se encontraba en el nido destruyó parcialmente la cubierta; dos días después, otro adulto estaba incubando y el techo había sido reconstruido (Bodrati & Salvador en Salvador, 2016a; Bodrati, in litt. 2019). También se dispone de un registro de nido para Misiones correspondiente a Pagano (Pagano en Salvador, 2016a).
La puesta presenta variación en su tamaño. Se han registrado nidadas de 3–5 huevos, incluida la posibilidad de puestas menores asociadas a reemplazos, mientras que también se han documentado puestas de hasta 12 huevos (Madge et al., 2002). El hallazgo de nidadas excepcionalmente numerosas, superiores incluso a 12 huevos, ha llevado a plantear que más de una hembra podría depositar huevos en un mismo nido (Sick, 1997:284; Madge et al., 2002). Los huevos son blancos inicialmente, pero adquieren rápidamente una tonalidad amarillenta o rojiza debido a la suciedad; se ha señalado un tamaño medio de aproximadamente 40,1 × 29,1 mm (Sick, 1997:284).
La incubación parece estar a cargo exclusivamente de la hembra. Para el Urú se ha registrado un período de incubación de 18–19 días en estado silvestre, mientras que en cautiverio se han obtenido valores de 26–27 días. La discrepancia entre los valores disponibles podría reflejar diferencias entre especies, poblaciones o condiciones de observación, por lo que requiere una evaluación adicional. La hembra también se encarga del cuidado de los pichones según los registros disponibles, aunque se han observado grupos familiares acompañados por ambos adultos (Madge et al., 2002; del Hoyo et al., 1994:118).
En Misiones existen evidencias concretas de reproducción durante septiembre y octubre. Partridge registró tres pichones en Campamento Palacios, departamento Iguazú, el 29 de octubre de 1969, y dos adultos acompañados por dos pichones el 31 de octubre de 1949 (Partridge en Chébez, 1991:9). De manera complementaria, en el Parque Provincial Cruce Caballero la especie ha sido considerada residente, nidificante y común, con registros de reproducción tanto en selva primaria como secundaria (Bodrati et al., 2010:54). Los registros reproductivos para Misiones comprende septiembre y octubre, mientras que la información territorial incluye observaciones de Partridge, Saibene et al. y Chebez et al. (Partridge en MACN, en Salvador, 2016a:26; Partridge en Chebez, 1991; Saibene et al., 1996; Chebez et al., 1998).
Pichones y cuidado parental
Los pichones son nidífugos y, poco después de la eclosión, abandonan el nido para desplazarse junto a la hembra o, en algunos casos, junto a ambos adultos, formando un grupo familiar. Presentan un crecimiento rápido y desarrollan tempranamente las plumas primarias y secundarias, lo que permite que los juveniles de algunas especies realicen vuelos cortos antes de alcanzar los 14 días de edad (del Hoyo et al., 1994:118). Los polluelos del Urú han sido descritos como negruzcos y difíciles de caracterizar, y se ha señalado que pueden ocultarse en cavidades e incluso en agujeros del suelo (Sick, 1997:284).
Los registros de campo confirman la presencia frecuente de adultos acompañados por juveniles. En el Parque Provincial Cruce Caballero se han observado adultos con pichones, incluso pertenecientes a más de una nidada. Durante jornadas de bajas temperaturas, individuos de la especie pueden reunirse en claros dentro de la selva, formando grupos compactos de más de 50 ejemplares, comportamiento que aparentemente contribuye a reducir la pérdida de calor (Bodrati et al., 2010:54).
Presentan, en general, ciclos de vida relativamente cortos, elevada mortalidad y altas tasas reproductivas. La mortalidad de las nidadas suele superar el 20 %, y pérdidas del 30–50 % no son infrecuentes, lo que se relaciona con una esperanza de vida que en muchas especies puede ser inferior a un año. En contrapartida, la elevada productividad constituye una estrategia compensatoria. En las especies asociadas a ambientes boscosos de América Central y del Sur se observa una tendencia hacia tamaños de nidada menores; sin embargo, prácticamente no existen estimaciones precisas sobre esperanza de vida y tasas de mortalidad para estas especies. Dado que su productividad reproductiva puede ser considerablemente menor, es posible que presenten una mayor supervivencia de los adultos, aunque esta hipótesis requiere ser contrastada mediante estudios específicos (del Hoyo et al., 1994:118).